Tomo un café en el barcito de la
librería violeta, esclavizado por la bendita tarjeta, también violeta, que supuestamente me otorga libros gratuitos.
Al lado mío discute un grupete de
comunistardos* atrevidos
que
soluciona el mundo desde sus lentes cuadrados y sus frases vacías. Pienso, porque a veces lo hago sin querer, en la cantidad de naves industriales que debieron visitar
estos tipos para hablar con tanta autoridad sobre el
proletariado oprimido.
Pienso, también, que los teóricos jamás meditan sobre el abismo que separa práctica de teoría.
Ya fue, uno de estos individuos empieza a recitar fracesitas sobre la revolución bolchevique.
Tiempo cumplido señores, lean y relean la historia del
estalinismo y el partido, por favor se los pido. ¿Cómo pueden hablar del partido después de tantos errores y muertes? ¡Piensen en los que vendrán, recapaciten, cambien las formas, no sé! ¡Aprendan de los errores, carajo!
Todo es culpa mía. Metiéndome en la boca del lobo me
morfé el discursete barato del
comunistardo high college que se politiza como el no-va-más-de-lo-nuevo. Y todo por un libro gratuito y una tarjeta violeta.
Sí, lo sé, lo barato sale caro, viejo.
*comunistardo: comunista de cotillón que vive de rentas heredadas.