Fin de año convulsionado: fechas de cierre, siniestros colosales, el pago de la deuda externa, empleados que se rajan y amontonan gato tras gato en sus cajones. Cualquier suceso genera comentarios en los que se deja pasar el tiempo junto a las máquinas de café. Ellos se van -los empleados- escapando de la urbe incendiada por el verano, ¿y nosotros? Debería aclarar que soy empleado de una empresa de seguros, una multinacional. Debería aclarar también que tenemos una póliza del Jumbo de Lugano, creo innecesario graficar la paranoia que inflamó la oficina por el incendio del supermercado.
Nosotros nos quedamos. No hay heroísmo en la decisión de afrontar el temporal, no hay una visión utópica del asunto; hay que cambiar el parque informático y no hay mejor fecha -según los popes nativos- que el mes de enero.
¡Glorias y alabanzas a nuestro señor el mercado! Me cache en die’, si yo antes era un desglobalizado feliz, el problema es que no me alineo. El problema de la línea de pensamiento -recto, paralelo, perpendicular- que uno sigue en la vida es que a veces, siempre, no se tenga opción: el fundamentalismo de la geometría. Así lo llamo.
Y cómo no me alineo y pretendo ser feliz -que ridiculez ese concepto socialista de la felicidad del individuo- es que sufro en las vacaciones, en las escaramuzas diarias del trabajo, en mis vivencias callejeras, en fin, en lo cotidiano. Hace tiempo renuncié a la creencia -infundada- de mi genialidad. Uno es una persona común que ve lo que pasa y, y ahí está lo diferente, se pregunta por qué las cosas son como son y por qué no hacemos nada para cambiarlas. Lejos de presentarme como columnista quiero -ante todo- hacer notar esto de la pregunta, la curiosidad, ¿vio? La curiosidad, ese bien tan escaso en estos días: ¿cotiza en bolsa? Siempre me pregunto qué
rayos* le pasa a la gente que no cuestiona ni nada. Amargos, eso son. Y si no son amargos son esclavos, respuesta que me entristece soberanamente las pelotas. No me gusta andar con pelotas entristecidas.
La mcdonalización de la vida se instituye a través de formulitas americanizantes y ridículas. Sí, sí, los americanos somos americanos pero uno cuando dice americano no se refiere al continente sino a los de arriba. No, a Dios no (o sí), a los de allá arriba, al norte. Antes de lo de papá Noel. Formulitas del tipo:
buenas tardes mi nombre es Pirulo, en que lo puedo ayudar (hay una discusión filosófica importante de si es correcto el "
le" o el "
lo"),
decimos nosotros porque eso denota que somos un equipo y no individuos desconectados de la organización,
el cliente siempre tiene la razón (¿por qué?),
hay palabras rip* y palabras up* y es muy importante que las sepan (la atención telefónica resulta una especie de disquito humano interactivo),
si alguien de más rango te pide algo se lo tenés que hacer en el momento (no sé por qué recordé la Ley de Obediencia Debida),
especialmente si es un gerente (o un general). Normas, en eso se define la experiencia laboral contemporánea. Normas que erradican la creatividad y generan una respuesta instintiva, que no alcanzo a entender por lo sencilla.
Finalmente te miden: empuje (¿la fuerza?), coraje (¿el estrés?), inventiva (el arte de funcionar sin directivas) y lealtad. Uno termina por creerse un soldadito, un muñequito de plástico que viene y va, que juega a las guerritas y se cree único, importante con su pistolita de plástico, protegido por su casquito de plástico. En el fondo sabe muy bien, en su corazón de hidrocarburo inyectado, que sólo es un juguete.