jueves, abril 23, 2009

Historias de Telemarketers (I)

-No pueden cortar ahora. Los chicos están logueados -dijo la supervisora.
-Ustedes recibieron el mail, a las cuatro y veinte...
-Hay chicos logueados -Me cortó, con tono agrio.
Yo la mire sin resentimientos. Había perdido la cuenta de cuántos de esos maniquíes con suerte había visto sobre una tarima, largando por la boca las huevadas que les soplaban en el culo. La miré sin resentimientos porque me estaba prepoteando, como a cualquier pobre agente que debía bancarla, hora tras hora, día tras día en aquel antro, me estaba prepoteando porque era su única arma. Yo, en cambio, tenía un arsenal considerable.
Nunca me hubiese trenzado con una gruñona desgastada como aquella. Pero, no hay con qué darle a la mala leche, justo ese día la vieja no tuvo suerte. Yo estaba terrible: Llevando encima una noche de berrinches y rechazo, sumado a un amanecer con cansancios y maloshumores, era el asesino perfecto.
Estaba tan molesto que al oír sus quejas se me encendió la caldera. La seguí mirando fijo, impasible, pero por dentro se me desmoronaron los diques: pensé que la vieja me quería comer el culo, y a mí nadie me lo come si no quiero; pensé que debía dormir sola desde hacía bocha; pensé que nadie la tocaba ni con un palo; que era virgen; que era cuáquera o mormona; que era estéril o frígida o republicana. En fin, tantas cosas de mierda pensé, hasta que me volvió a repetir eso de que no bajaba nada, de que había agentes logueados y que yo, justo yo, si quería hacer algo, tenía que conseguir un autorización de alguien con peso.
Eso dijo, de peso, y en mi enfermedad de odio imaginé a un gerente gordo.
-Porque acá estamos trabajando, ¿Entendés, querido? -Cerró.
Ahora sé que el problema estuvo en el querido, o en su forma de decirlo. Además, parecía insinuar que yo no trabajaba, que no sabía lo que era el trabajo, que no me esforzaba ni entendía lo que era doblarse los cuernos con las manos en la masa.
Pobre de vos, chiquita.
Sin responderle, giré para ubicar el tablero eléctrico, la térmica roja, el gran dedazo. Volví a mirar a la vieja y solté, con mi mejor frialdad:
-Mirá, vos ya tenés un mail donde se te informa sobre el corte. Yo tengo un cronograma de implementación aprobado por la dirección del Anses. Si vos no estás de acuerdo, elevá una queja y fundamentala.
No esperé respuesta: Fui hasta el tablero y, contrariamente al principio bíblico, cuando bajé la llave la luz se deshizo.

4 comentarios:

Limada dijo...

El querido a mi me produce rechazo, todavía no se porqué.
Saludos querido :P

Barbie dijo...

BUEENIIIIIIISIMO! You´ve got the poweeeeeeeeeer! Yeaaaah!

Loca_Sola dijo...

Seeeeeeeeeeeeeee..
Yo igual pensé que la escena terminaba con vos clavándole un destornillador en el ojo a la mina. los telemarketers, agradecidisimos.

Niño Errante dijo...

Considero que el querido, aplicado entre desconocidos, es un grito de guerra.
Igual, es como dice un amigo: no hay gente mala, sino gente equivocada, perdida.
Saludos,
Yo.

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