Historias (electivas) a pedido.
"Desperté a las seis de la mañana, sobresaltado por una pesadilla que olvidé al abrir los ojos.
Voto en la matriz del pato (contando desde mi casa) porque omití hacer el obligado cambio de domicilio. Estimo que no lo hice por temor a ser reclutado como presidente de mesa, no sé. Desperté en una punta de la capital mientras la urna que recibiría mi voto se impacientaba, en oscuridad, en la punta opuesta. No sabía que hacer -tan temprano era- así que opté por tomar mate y escribir algo sobre las elecciones.
Tal vez la pesadilla fue un intento responsable, un pensamiento residual que me daba vueltas por la cabeza: en cuarto grado me enseñaron -cuarto grado, cuando perdí las electivas de presidente del curso- que votar es una fiesta cívica. Uno anda bastante descreido, ¿vio?, porque la fiesta cívica parece elitista (como en la antigua Atenas, no todos tienen ciudadanía ni derechos). La gente empobrece con cada crisis y los dirigentes -eternamente retratados en la tapa de caras- capean temporales sin despeinarse. Y uno se pregunta: ¿cómo puede ser qué, siendo tan hábiles en el ámbito privado, sean tan deficientes en el público? Nunca hallé una respuesta que pueda satisfacerme, ¿usted sí?
Mientras me lavaba los dientes pensaba en mi voto. Como quien dice, fue una decisión de último momento. Sucede que desde hace un tiempo voto a los perdedores; esto es, mi voto es contra tal candidato y -en un intento fútil- voto a quien se le opone. No, si soy una luminaria yo. ¡Puf!
Escribí un boceto tomando mate, una protoversión de lo que estás leyendo. Terminé de desayunar mientras intentaba -en vano- despertar a mi novia. Volví al mate y al escrito, esta vez para leerlo y decidir que el cajón de las letras malogradas sería su destino. Hablar de política argentina es malograr tinta, deprimirse, desilusionarse. Y, muy a mi pesar, sostengo que es la única esperanza que nos queda.
Salí de casa sin éxito, mi novia seguía durmiendo. Fui en busca de un bondi que me llevase hasta el palacio de la democracia. Tiendo a darle ese nombre a las escuelas porque... Es largo de explicar, sintetizando: si la educación funcionara como debe y la sociedad tuviera el compromiso cívico que reivindica y no practica -y en esto me incluyo-, las escuelas serían palacios democráticos.
Estimo que el lector percibe el desgano que adivino en el trazo de mi lapicera. Escribo con lapiceras porque me gusta que la punta se deslice sobre la hoja, mi letra es asquerosa pero así se vuelve -al menos- legible. Tengo la certeza de que no comprometerse en el voto implica un error, especialmente si por otro lado uno se compromete -en verdad- con una posición política, con intentar algo. Resulta ambiguo que sea yo el que escribe esto. Ambiguo y hasta criminal, si se quiere dramatismo.
Termino el relato en el cuarto oscuro, eligiendo una boleta entre miles, preguntándome cómo es posible que haya tantos candidatos y tan pocas propuestas, intentando adivinar de donde sale la guita para las campañas, buscándole un sentido a la candidatura de Faiad y Casán. Volví a casa en bondi, mirando el documento sellado. Algo me rebotaba por dentro, como una sensación de vacío. Pasada media hora en viaje me inundó la angustia, el sinsabor de creerme cerca de perder la esperanza".


