martes, junio 15, 2010

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Ya no llovía cuando salí.

El cielo se había descargado de lo lindo y no le quedaba nada por tirarnos. El sudor o las lágrimas de la ciudad se dejaban caer desde las paredes, como una transpiración pegajosa.

Miraba el cielo mientras volvía a mi casa, un cielo sin estrellas. Me sorprendían las luces que rebotaban contra la pátina gris que formaban las nubes, incendiándolas.
Me sorprendió, también, la voz de Cochito:

-Son tiempos de cambio, Mané, tenés que dejar de correr.

Me paré. Me di vuelta y lo miré un rato. Asentí en silencio, como aceptando una verdad sabida. Después, metí las manos en los bolsillos y seguí caminando.

Ya no llueve en la ciudad, pensé, y tampoco sobre mí.

4 comentarios:

Gabrielli dijo...

Muy bueno, estimado.

Niño Errante dijo...

Agradézcole la visita, caballero.
Cordialmente,
Yo.

lucia dijo...

ah me gusta la melancolía de tus letras

Niño Errante dijo...

Me alegro que te guste.
Cordialmente,
Yo.

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