Me gusta desayunar en bares. Es más fuerte que yo. Me encanta sentarme, llamar al mozo y pedirle un café con leche y medialunas. Mirar a los otros clientes e imaginar por qué están en un bar a las diez de la matina, en vez de andar laburando.
Debo reconocer que además del voyeurismo, poseo cierta debilidad por escuchar conversaciones ajenas, debilidad potenciada por mis orejas-radar y mi complejo de
vieja chusma. Así descubro historias que, muy probablemente, son chamuyos de gente simple que necesita un poco de atención.
No puedo evitar sentirme
James Bond cuando descubro a mis vecinos, como si de sus pequeñas miserias dependiese el destino del mundo libre.