Cuando uno los vivía, esos instantes de risa parecían demasiado efímeros, como si el tiempo fuera también tirano en la felicidad. Luego, cuando uno los recuerda viéndolos estirarse a lo largo de la memoria, se vuelven mansos, como el fluir de un río que nunca termina, provocando sonrisas y lágrimas que no lastiman.